Off the map

Forget what you saw in residency” Ben Keeton, Off the map, ABC

Imagino que cuando ABC tuvo que decidir como sería su nueva apuesta para la noche de los miércoles alguien tuvo una brillante idea: ¿por qué no cogemos una serie y la trasladamos al escenario de otra para crear una tercera? la trama médicosexual de Grey’s anatomy en la jungla de Lost? Eso es, en términos generales, Off the map, la nueva serie, precisamente, de Shonda Rhimes y Jenna Bans, creadoras de la serie que cuenta todo lo que pasa en el Seattle Grace y de Betsy Beers, a su vez productora de Private practice, el spin off que protagoniza Kate Walsh.

Off the map cuenta la historia de un grupo de médicos norteamericanos cuyas múltiples y variadas circunstancias han llevado a “la ciudad de las estrellas”, un poblado situado, como se dice nada más comenzar el piloto, “en algún lugar de Ámerica del sur”, un recurso que, por cierto, no responde a otro objetivo que el de evitar merecidos reproches geográfico-culturales de todo tipo.

Ben Keeton (Martin Henderson) es el fundador de la Clínica Cruz del Sur, el centro médico al que acaba de llegar la novata Lily Brenner (Caroline Dhavernas) tras terminar su etapa como residente. Viendo el piloto, uno puede imaginarse el desarrollo de la primera temporada: Lily y Ben se enamorarán y empezarán una relación que, tras unos capítulos, sucumbirá ante la presión de Ryan (Rachelle Lefevre) ex pareja de Ben recientemente reincorporada para recuperar a su chico. Lilly encontrará refugio en sus amigos Tommy (Zach Gilford) y Mina (Mamie Gummer) mientras Ben recibe consejos de su compañero Otis (Jason George). Todo ello amenizado con casos médicos de dudoso rigor científico.

Les suena? Efectivamente, resulta prácticamente insultante ir dándose cuenta, a medida que avanza el capítulo, de que los personajes y las tramas son calcados a los de Grey’s anatomy. Se trata de un remake en toda regla cuyo único objetivo es el de coger el relevo cuando la segunda desaparezca. No es la primera vez que ABC intenta algo así este año. Flashforward tenía que llenar el vacío de Lost y no hace falta recordar como terminó el invento.

En definitiva, y a parte de poner de manifiesto que Off the map puede darnos, a lo largo de la que seguramente será su única temporada, involuntarios e hilarantes gags idiomáticos (en el piloto hay varios ejemplos de situaciones absurdas e incluso ofensivas para cualquiera que comprenda nuestro idioma), poca cosa se puede decir más allá del hecho de que se trata de una serie diseñada (con toda la carga machista que ello conlleva) para mujeres y que gustará en la medida en que sus seguidores acepten (consciente o inconscientemente) el hecho de que no aporta absolutamente nada nuevo respecto a su hermana mayor.

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Lights out

FX ha estrenado esta semana Lights out, su propuesta para la noche de los martes en esta temporada de invierno. La serie cuenta la vida de Patrick “Lights” Leary, (Holt McCallany), un boxeador de pesos pesados retirado a cuya memoria sigue apareciéndose su último combate, perdido, supuestamente, de manera injusta.

Además del tormento que le genera la duda sobre el legado que habrá dejado, Lights debe convivir ahora con la decisión de dejar el boxeo. Una decisión que no solo no tomó él (fue su mujer quien le hizo escoger) sino que -como cualquier deportista de élite en el ocaso de su carrera- le ha hecho cambiar radicalmente de vida hasta el punto de no saber qué papel debe jugar.

A esta situación hay que sumar el hecho de que Lights está prácticamente arruinado. Nadie, excepto su hermano y representante, conoce su situación económica, la cual le lleva a desempeñar trabajos que van desde anunciar las bolas en un bingo hasta actuar de cobrador matón a cambio de un porcentaje.

Lights ha tenido, a lo largo de su vida, dos llaves de entrada: la fama y los puños. La primera empieza a convertirse en algo residual y anecdótico consecuencia de un mundo necesitado de la renovación constante de héroes. Lo segundo, la violencia, convenientemente aparcada desde su retirada, empieza a aflorar como respuesta a la frustración que le causan los otros aspectos de su vida.

No obstante, y a pesar de una enfermedad latente, consecuencia de los miles de golpes en la cabeza recibidos durante su etapa en activo, Lights no ha tocado fondo, ni personal ni económicamente. Ese es, quizás, el punto flaco de una historia con la que resultaría más fácil empatizar si el personaje principal tuviera a su disposición menos vías de escape. Siendo simplistas, Lights out podría interpretarse no como la historia de alguien a quien la vida le ha jugado malas pasadas, sino como la situación de un millonario que no ha sabido administrar su fortuna. Y eso juega en contra de la serie. En pocas palabras, y reconociendo el camino que le queda por delante en los doce capítulos que quedan, Lights out no soporta las comparaciones con la épica de Rocky o con la superación personal de The Wresler (Darren Aronofsky, 2009).

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Shameless

We may not have much, but all of us know the most important thing in this life: we know how to party” Frank Gallagher, Shameless, Showtime

Hay que ser irónico para programar el remake de una serie británica inmediatamente después de Episodes, que como contamos ayer, cuenta las dificultades de adaptar un formato inglés para una cadena norteamericana. Eso es lo que ha hecho Showtime con su segundo estreno invernal: Shameless, remake de una serie estrenada en 2004 por Channel 4 bajo el mismo título.

Shameless cuenta la historia de una familia monoparental cuyo alcohólico padre, Frank Gallagher (William H. Macy), abandonó sus responsabilidades como cabeza de família hace ya demasiado tiempo. El papel es asumido por la mayor de los seis hermanos, Fiona (Emmy Rossum, Mystic River) que, con los pocos recursos de los que dispone la familia, deberá sacar adelante el día a día de la casa.

El hecho de que Fiona conozca en el piloto a Steve (Justin Chatwin), un chico adinerado con quién generará los típicos conflictos entre clases, serviría normalmente para explorar, por ejemplo, el sentimiento de vergüenza respecto a una familia desastrosa, pero como el propio título indica, los Gallagher están orgullosos de ser lo que son.

La variedad de edades entre los hermanos permite abordar preocupaciones correspondientes a diferentes etapas vitales: el sexo, la adolescencia, el compromiso o la homosexualidad se exploran en esta serie que, a pesar de su premisa inicial, pertenece al género cómico.

Con Episodes y Shameless, que se suman a Weeds y Californication, Showtime incrementa su nómina de comedias con la que no solo sigue generando una identificable imagen de marca, sino que se posiciona ante su hermana mayor, HBO, que sigue apostando por el drama de culto.

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Episodes

“Merc may not have actually seen your show” Carol Rance, Episodes, Showtime

Resulta especialmente interesante que fuera Episodes (Showtime) una de las series que ayer encabezaron la lista de estrenos que llegarán a las pantallas norteamericanas en los próximos días. Y es que la serie creada por David Crane (Friends, NBC) -y que de hecho supone la vuelta de Matt LeBlanc a la televisión-  nos permite presenciar las semanas previas al estreno, precisamente, de un nuevo show cómico en una gran cadena. Televisión dentro de la televisión.

Sean (Stephen Mangan) y Beverly Lincoln (Tamsin Creig), exitoso matrimonio creador de una serie en Reino Unido reciben una importante oferta para escribir una adaptación americana del show, para lo cual deberán mudarse a Los Ángeles. Una vez allí descubrirán como funciona realmente -con sus grandezas y sus miserias-, el negocio de la televisión en Hollywood.

Además de las consecuencias evidentes del traslado de dos ciudadanos típicamente británicos a una ciudad como L.A. y las situaciones divertidas que del choque de ambas culturas pueden desprenderse, Episodes se basa en una estructura simple: Sean y Beverly son, básicamente, dos personas normales, relativamente ajenas al mundillo de la televisión, que se adentran en la locura de un proceso que les lleva a tratar con personajes esperpénticos, el contraste con los cuales es ya de por sí cómico. Una dualidad que no solo sirve para que nosotros como espectadores podamos empatizar con los personajes y adentrarnos en la selva hollywoodiana del mismo modo en que lo hacen ellos, sino que evidencia una guerra que, excepto en ilustres casos como HBO i la propia Showtime, debe librarse a diario en esa ciudad, y que se resume en el hecho de que las personas que mandan no son, a menudo, las que más saben de televisión. Episodes evidencia esa situación de un modo tan o más divertido que el que emplea Kevin Smith cuando cuenta historias similares:

Viendo Episodes, uno piensa que el guión está escrito en base a un catálogo de experiencias reales, ya sean del propio David Crane o de cualquier otra persona que haya tenido que luchar contra la ignorancia de los ejecutivos de las cadenas. Se trata de situaciones que, en realidad (y ese es uno de los mejores argumentos a favor de la serie) son identificables con cualquier otro sector profesional.

Episodes es pues una muy recomendable comedia sobre el matrimonio, los cambios vitales, las decepciones, los valores morales que cada uno está dispuesto a saltarse para conseguir un supuesto éxito comercial y sobretodo, un retrato del negocio de las grandes cadenas y la amenudo consecuente corrupción de la cultura.

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Bridalplasty

“I could go to a bar, put a dollar bill in my bra, and find it three days later under my boop” Allyson, Bridalplasty, E!

Hace ya tres domingos que E! estrenó Bridalplasty. Aunque en su día decidí no comentar el piloto, y ya que he cometido la imprudencia de ver el segundo capítulo, utilizaré la experiencia para evitar, en la medida de lo posible, que alguien caiga en la misma tentación.

Para quien haya tenido la suerte de no ver ni leer nada al respecto, Bridalplasty es la última incorporación a la larga lista de realities con la que cuenta la parrilla americana. En pocas palabras, el programa cuenta la historia de una docena de chicas que sueñan con una boda perfecta, entendiendo como tal la conjunción de tres conceptos: un marido, mucho dinero para celebrar la fiesta por todo lo alto un cuerpo que esté a la altura de las circunstancias. Todas tienen lo primero, pocas lo segundo y ninguna lo tercero. Pero para eso están en el programa: en Bridalplasty recibirán, durante cuatro meses, todas las intervenciones quirúrgicas que deseen a fin de moldear su cuerpo y cara y estar listas, en caso de ganar, para recibir el premio final: un gran boda hollywoodiana.

Tras un laborioso (imagino) trabajo de casting –no debe de ser fácil encontrar a doce recién prometidas que deseen someterse a cirugía plástica masiva-, el elenco definitivo cuenta con prácticamente de todo: un novio que se fue a Irak y pidió matrimonio a su chica estando destinado allí, la ganadora de Biggest loser (NBC) a quién su novio se declaró en televisión, una chica que quiere repetir su boda tras casarse en el jardín de su casa para que su madre, moribunda de cáncer, pudiera estar presente, otra que necesita que el programa le pague la factura del matrimonio ya que, por las deudas, tuvo que empeñar incluso el anillo de compromiso, y un largo etcétera.

Viendo que el programa da peso a la historia personal, no solo de las chicas sino de sus correspondientes futuros maridos, uno podría pensar que en ese ámbito, en el de la intimidad de la pareja, se abordará el debate sobre la conveniencia o no de las operaciones de cirugía estética. Pues nada de eso. Más allá de una breve y silenciada referencia, de uno de los prometidos, sobre el hecho de que le guste el cuerpo de su pareja tal y como está, la mayoría de los chicos ven con buenos ojos que sus novias, justo después de prometerse, se separen de ellos durante cuatro meses para someterse, en algunos casos, a intervenciones que alterarán todas las partes de su cuerpo.

El programa insiste en la justificación que cada una de las chicas da a su deseo de participar en el programa, ya sea por la necesidad de sentirse bien con su propio cuerpo o por el hecho de necesitar el premio final. Es por esta insistencia que el programa no acaba resultando un concurso en el que una de sus participantes va a cumplir su sueño: Bridalplasty es la historia de once mujeres que se quedarán en el camino, que no verán terminadas sus operaciones y que no solo se quedarán sin la boda de sus sueños (como Shanna Moakler, ex Miss USA  y host del programa, se encarga de recordarles a medida que van siendo expulsadas por sus compañeras) sino que volverán a sus antiguas vidas de deudas y cuerpos imperfectos.

Bridalplasty sería más interesante si aprovechara estas historias, las de los juguetes rotos en que se convierten las chicas tras abandonar la mansión en la que conviven para volver a las desgraciadas vidas que el programa nos presentó, como he dicho antes, como argumento para justificar su entrada en el concurso. La idea puede parecer cruel, pero no lo es más que las escenas en que las participantes son desnudadas para enseñar sus vergüenzas al público.

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60 minutes: Mark Zuckerberg

“He rarely blinks” Lesley Stahl, 60 minutes, CBS

La noche del domingo se ha convertido la protagonista de este otoño en lo que a ficción televisiva se refiere, y es que las dos mejores propuestas del año, Boardwalk Empire (HBO) y The Walking Dead

A&E (que como comentábamos en el post anterior, estrenó esta semana Storage wars), presentó ayer el esperado reality The Hasselhoffs, que nos traerá las vivencias de David Hasselhoff (Knight Rider, Baywatch) y sus dos hijas, que ahora quieren ser cantantes, dos años y medio después del famoso video grabado precisamente por la entonces adolescente Taylor-Ann Hasselhoff en el que el actor aparecía borracho intentando comer una hamburguesa, y unos meses después del Roast of David Hasselhoff al que el actor se sometió en Comedy Central y cuyo video dejo como recomendación hasta que, en otra ocasión, dediquemos (o no) un post a hablar de The Hasselhoffs.

Además de todo esto, y desde hace 42 años, la noche del domingo es también la de 60 minutes (CBS), que ayer emitió la segunda entrevista en tres años de Lesley Stahl -que lleva en el equipo la mitad de este tiempo- a Mark Zucherberg, cofundador y CEO de Facebook y personaje en el que está inspirada The Social Network (David Fincher, 2010).

Con su característico y clásico estilo, 60 minutes volvió a Palo Alto tres años después de la famosa entrevista que la misma periodista realizó a un joven e inexperto Zucherberg en 2007 para encontrarse, según sus conclusiones, a un chico más relajado, sonriente y seguro de sí mismo, con el que abordó temas claves para Facebook y sus detractores, como la gestión de la privacidad (justo horas antes de estrenar el nuevo diseño de perfil), las polémicas judiciales en que el propio Zucherberg tiene abiertas, entre otros, con los hermanos Winklevoss o el futuro de Internet y el papel que en él tendrá Facebook.

El reportaje resultará gratificante en función del interés por el universo Facebook y, sobretodo, de la cantidad de información que tengamos sobre el tema, ya que aporta relativamente poco más allá del hecho de que no sea fácil acceder a la figura de Zucherberg. Aunque solo sea por eso, por escuchar qué tiene que decir sobre el futuro de la red un chico de veintiséis años que lidera un producto valorado en 35.000 millones de dólares. Aquí tenéis el video:


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Storage wars

“It’s like being a pirate, you’re always looking for the very treasure” Jarrod, Storage wars, A&E

Todavía hoy en día puede oírse a menudo aquello de que en televisión todo está inventado, que no hay nuevas ideas y que todos los programas son versiones de productos anteriores. Puede que en cierto modo así sea, pero si nos fijamos, por ejemplo, en el género docu-reality, especialmente eficaz cuando se trata de trasladar al espectador un estilo de vida muy concreto y nos planteamos un sitio como Estados Unidos como plató, con la variabilidad geográfico-económico-socio-cultural de qué dispone, nos damos cuenta de la infinidad de posibilidades con las que cuentan las cadenas para seguir innovando. Quizás la clave esté en no pretender nada más (ni nada menos) que contar pequeñas historias intrascendentes con las que podamos llegar a conclusiones más importantes.

Del mismo modo que NBC estrenaba, con cierto atractivo hace unos meses, School pride, docu-reality que nos muestra la reconstrucción de algunas escuelas por sus propios estudiantes y que ya comentamos en el blog, A&E (grupo History Channel, Biography Channel, etc.) emitió anoche el primer episodio de Storage wars, una serie que nos traslada a California para conocer el día a día de un grupo de personas cuya profesión no es otra que la de pujar en subastas de objetos embargados.

Storage wars convierte, en 20 minutos, una premisa cuanto menos dudosa en lo que a términos televisivos se refiere, en un piloto entretenido que, gracias al ritmo frenético y a la novedad del negocio que se nos presenta, se hace incluso corto.

Darrell, Brandon, Jarrod, Dave y Barry viven de comprar y vender. Los cinco protagonistas de Storage wars compiten día a día pujando por lotes (casi siempre sin saber qué contienen) de efectos personales embargados a personas que no han pagado, por ejemplo, el alquiler del trastero. Y es que en Estados Unidos, y como nos recuerda nada más empezar Storage wars, hay suficiente superfície en trasteros alquilados como para albergar a toda la población de la Tierra siete veces.

¿Y qué hay en estos trasteros? Pues, y ahí es donde está la gracia, absolutamente de todo. Coches, cuadros, antigüedades, instrumentos, colecciones… Cualquier cosa que, debidamente procesada, pueda venderse, interesa a estos hombres, que viven por y para un negocio que no siempre sale bien.

Storage wars es pues un formato basado no únicamente en el modo que tienen estos hombres de hacer negocio, sino en cómo este influye en todos los aspectos de su vida y es que para conseguir los mejores lotes –y de ahí viene el título- hay que luchar, y mucho. La otra muleta de la serie es, obviamente, la curiosidad que genera una puerta que se abre y el tesoro que esta pueda esconder.

Parece pues que A&E ha sabido exprimir bien la idea, aunque exista la duda de si el misterioso contenido de los trasteros que se vayan subastando ante las cámaras seguirá siendo suficiente como para mantener el interés en capítulos posteriores o, por lo contrario, pasado el efecto sorpresa de descubrir qué hay detrás del negocio de la compra-venta de objetos embargados caerá el interés de la serie. Veremos.

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